Había nevado la noche anterior. No lo suficiente como para borrar el paisaje, solo lo justo para volverlo más frágil.
La playa se abría enorme, silenciosa. Arena negra, ahora aclarada por una capa fina de nieve. Las montañas al fondo, recortadas, inmóviles. El cielo cubierto, sin dramatismos. Viento constante. Frío limpio.
En medio de todo aquello, un piano.
No parecía fuera de lugar. Solo inesperado. A cierta distancia de la orilla, solo, como si alguien lo hubiera dejado allí con cuidado. Supuse que habría servido para algo —un rodaje, quizá—, pero ya no importaba. Seguía allí. Y eso era suficiente.
Caminé hacia él despacio. El viento empujaba de lado. El suelo crujía bajo las botas. A cada paso, la sensación era la misma: cuanto más avanzaba, más pequeño me sentía. No por el piano. Por el espacio. Por la calma enorme que no necesitaba explicarse.
El piano no decía nada. Y no hacía falta.